Unos se van, otros vienen. Recién llegado a Suzhou, fuimos a despedir a R., un tipo estupendo del Norte que se marchaba a otros lares (la pujante Shenzen) en busca de mejores perspectivas profesionales. Su gran amigo, D., profesor de lengua y cultura española en la universidad, le preguntó si no iba a tener nostalgia al ser la última cena del grupo de amigos en el restaurante donde tantas veces habían comido juntos. "Yo lo que tengo es hambre", respondió R.
No es extraño que D. tenga dificultades de explicar ciertas particularidades de nuestra idiosincrasia histórica -por alejadas que estén de nuestro presente- a sus alumnos, que sin duda se identificarán mucho más con Sancho Panza que con Don Quijote. Porque el chino tiene un enfoque vital aplastantemente práctico. Materialista, incluso.
Eso no se deduce tan sólo del extremado afán consumista tan típico de otras sociedades cuyas poblaciones han tenido limitaciones para acceder a una serie de bienes, sobre todo de lujo, que ahora se han convertido el objeto de deseo de una población que abarrota los centros comerciales en los que están presentes todas las marcas de élite que se precien. Es una visión de la vida que estructura y jerarquiza su sociedad a la vez que ayuda a mantener sin sobresaltos el orden político que la alimenta, por contradictorio que parezca,
El propio R. contaba que había tenido una novia que al final lo dejó porque con lo que ganaba no iba a ser capaz de darle el nivel de vida que ella quería. Paradójicamente, aquella chica era bastante menos crítica que nuestro amigo con un sistema que hasta no hace mucho aborrecía la empresa y el enriquecimiento privados. Eso, obviamente, era antes de que China se convirtiese en un gigantesco milagro económico, en el país de las oportunidades para aquellos lo suficientemente osados y con ganas de trabajar para crear (y acumular) riqueza. De empresarios con relojes de oro que se desplazan despreciando las más básicas reglas de tráficos en sus relucientes 4x4s y que beben champagne en locales de lujo, adolescentes que estudian en Estados Unidos, Europa o Australia, jóvenes que comen en restaurantes de moda sin apenas hablar entre ellos y mandando sin parar textos con sus últimos modelos de ipad o iphone. El que más gana, el que más tiene, está en lo más alto de la escala social.
¿Cómo se compagina eso con una educación que toda la enseñanza escolar y universitaria considera la política (léase el maoismo-comunismo) como una asignatura no sólo omnipresente sino fundamental en el devenir academico de los alumnos hasta el punto de condicionar su futuro? P., por ejemplo, una brillante alumna con un excelente nivel de idiomas (algo bastante raro en China) se queja de que no pudo elegir la universidad que deseaba porque obtuvo una mala nota en política, "Yo escribí lo que pensaba que ellos querían que escribiera, pero no di con la tecla", explicaba delante de un cuenco con curry de pollo.
P. Afirma que muchos compañeros de universidad ya se han apuntado al partido. Y que hay cola. "Ellos no creen en esas ideas, sólo quieren medrar, obtener buenos puestos de trabajo, ser funcionarios y enriquecerse". Pragmatismo puro y duro. El mismo que su gobierno lleva a cabo en su política exterior: lo que importa es el negocio; lo demás, ya sea vender armas al presidente del Sudán (acusado de genocidio) o confraternizar con dictaduras como la de Obiang en Guinea Ecuatorial a cambio de petróleo y otras materias primas. Claro que otros, que dicen tener muchos más escrúpulos morales y van de quijotes, prefieren hacer la vista gorda no se vayan a quedar sin su parte del requesón,