En Bubaque (Islas Bijagos, Guinea Bissau), ir a la playa no es para pusilánimes. Se puede optar por la de Escadinha, desde luego, a la salida del pueblo, junto a la pista de aterrizaje, que no está lejos y bañarse se considera bastante seguro. Eso sí, hay que compartir la playa con las casi perennes vacas y arriesgarse a que cualquier local aburrido decida tomar al turista como entrenimiento durante el tiempo (el que sea) que éste decida disfrutar de la, por otra parte, arena un poco sucia y agua no tan limpia.
La de Bruce es otra cosa. Una extensión larguísima de arena blanca, delimitada por una parte por unas aguas clarísimas y por otro por una vegetación exuberante. De postal. Y encima, con muchas posibilidades de tenerla para uno solo, salvo aisladas visitas de algún pescador de camino o algun extranjero aventurero. Porque eso sí, ir a Bruce es una aventura.
Para empezar, está a unos veinte kilómetros del pueblo, por una carretera en la que el antiguo asfalto deja ver más huecos de arena y piedras que otra cosa, y que está flanqueada por altísimos árboles, espesos matorrales a los que hay que vigilar por sus espinas y posibles y peligrosos huéspedes (en las islas hay serpientes venenosas, incluida, dicen, la letal mamba verde) y por tabankas o poblados desde los que niños y no tan niños se acercarán corriendo para pedir desde bolígrafos a dulces o dinero.
Afortunadamente, apenas hay cuestas, pero el calor, la humedad y la mala forma físico convirtieron el paseo en un Tourmalet para el que esto escribe. Pero valió la pena cuando la pista terminó en un una pared vegetal y, tras ésta, en la maravillosa playa de Bruce. Sola, totalmente desierta, incluidos los restos de un antiguo chiringuito, con barbacoa incluida, que ahora se pudre entre la arena y la selva. Al lado, apoyado en un arbol, una larga vara de bambú, que me resultó bastante útil.
Porque en Bruce la aventura no es sólo llegar, que no es poco. Resulta que en las Bijagos hay muchísimas rayas a las que les gusta descansar sobre los fondos de las playas, camufladas perfectamente. Y si uno no las ve y las pisa, responden con su cola armada con el afiladísimo y venenoso aguijón. Y es algo que sucede muy, muy a menudo, particularmente en Bruce. Las cicatrices de muchos niños dan fe de ello y más de un turista y de dos se han arrepentido de no tomar precauciones. Yo lo hice y, como me habían aconsejado, golpeé con los pies en el suelo nada más entrar en el agua y seguí haciéndolo, con los pies y la caña, una vez dentro. E inmediatamente pude comprobar como las minúsculas rayas (parecidas a lenguados) salían disparadas y al rato ya no volvieron. Aun así, al nadar por unas rocas puse la mano en el suelo y a punto estuvo de picarme una. De lo que me libré, porque me han contado que el dolor que produce en aguijonazo es indescriptible. Y sin el dolor añadido, la vuelta ya fue más dura de lo que yo podía aguantar.
Después de varias horas en la playa bajo un sol abrasador (aliviado por los años y la sombra), sin haber comido más que el sandwich que unos simpáticos misioneros evangelistas brasileños (de vacaciones) que llegaron más tarde me dieron, decidí regresar antes de que oscureciese. De hecho, lo hice un poco antes de la cuenta, cuando todavía hacía mucho calor, lo que unido a que me quedaba poca agua y que tenía agujetas para parar un tren auguraban un trayecto difícil hacia Bubaque.
Y lo fue. Sobre todo cuando acabé el agua y, pese a parar en diez o doce pequeñas tabancas, no fui capaz de encontrar un sitio donde vendieran agua potable (para un guiri como yo) o una cocacola. Nada, para encontra una tienda, había que llegar al pueblo, y yo creía que no era capaz de cubrir la distancia, con el calor, el cansancio y la deshidratación. Al final llegué a una escuela donde unas mujeres llenaban barreños de agua del pozo y una de ellas se compadeció de mí y me echó un buen chorro por la cabeza (vestido y todo). Un regalo generoso que nunca dejaré de agradecerle.
Durante un ratito, unos niños, alguno totalmente desnudo, me acompañaron corriendo haciendo rodar unos neumáticos viejos, supongo que de moto. Así son los juguetes en las Bijagos. Al final, más muerto que vivo, entré en el pueblo y me pedí un refresco y una botella de agua que desaparecieron visto y no visto. Estábamos de nuevo en la 'civilización', con el centro de internet sufragado por la Junta de Andalucía, las ruinas de mansiones de familias de presidentes que se quedaron sin terminar de construir cuando fueron derrocados (en el caso de Amilcar Cabral, que hubiera tenido la más grande, asesinado), el principal puerto de llegada de Bissau y de salida para las otras islas, los hoteles para pescadores, los restaurantes de pescado y el mercado con tiburoncitos con las aletas cortadas, el cine-televisión para ver los partidos de fútbol... pero eso lo dejamos para otro día.