Las cosas cambian, vaya que sí. Viendo el documental de Michelangelo Antonioni sobre la China crepuscular de Mao (1972), que tuvo que visitar como los periodistas y escasos turistas lo hacen ahora en la hermética Corea del Norte, es decir, casi con una correa para que no viera lo que no debía, quién iba a decir que aquel régimen de bicicletas, uniformes caqui y taichi multitudinario se iba a convertir, menos de 50 años después, en una sociedad abierta a, si no dominada por, el consumismo y capitalismo.
En China todavía circulan muchísimos en bicicleta pero también te encuentras porsches mal aparcados en la acera pedestre y hoteles del lujo más extremo donde, sorpresa, los huéspedes no son mayoritariamente diplomáticos extranjeros, sino hombres de negocios y políticos chinos que disfrutan de vinos carísimos en lugar de agua caliente. Probablemente, el que menos se lo imaginaba era el propio Mao, A éste y a su mujer Jian Qing les gustó tan poco la visión que Antonioni daba en su cinta que su gobierno declaró al realizador italiano antichino y antirrevolucionario. Treinta años después el documental podía verse en los cines de Pekín (cortesía de Wikipedia).
En China ya no son todos iguales, ni mucho menos, pero sigue siendo un país comunista, al menos nominalmente. En el que, eso sí, han desembarcado de lleno las multinacionales, que como todos sabemos lo que les interesa primero es ganar dinero y luego ganar dinero. Y China, con una masa impresionante de consumidores potenciales y de trabajadores abnegados, debe ser un paraíso para organizaciones con ese fin, aunque seguro que también tendrá sus pegas.
Dudo mucho que Mao y su esposa comieran nunca en un McDonalds, pero si vivieran en la China actual podrían hacerlo fácilmente. La cadena de comida rápida ha abierto ya cerca de 2.000 establecimientos en todo el país –aunque todavía muy lejos de los números de KFC, popularísimos en China– y, sin ir más lejos, en la famosa área peatonal de Suzhou, Guanqian, hay dos. Uno verdaderamente enorme, de varios pisos, abierto las 24 horas.
Hasta ahí, todo más o menos normal. Lo que se sale de de lo habitual en este restaurante es que se ha convertido en un refugio para marginados del sistema y gente sin hogar que, literalmente, viven allí: duermen donde pueden, comen las sobras del día y pasan las horas, sobre todo de la noche, en el improbable centro asistencial. Supongo que se podrá hacer todas las lecturas que se quiera de esta, para mí, insólita situación. Yo me conformo con contarla.