Aunque parezca mentira, esta foto es de una fiesta. Los Yang, una de las numerosas tribus de Sudán del Sur, celebraban en su poblado, bajo la gigantesca copa del árbol que le da nombre, Bilin, la fiesta del día de Comboni. Habría carne para hartarse, canciones a sus amadas vacas, bailes, representaciones teatrales (una de ellas sobre la vida de su gran benefactor y amigo, el misionero comboniano sevillano José Francisco Parladé) y alegría. Pero los AK-47 no podían faltar. No en el país donde se vive la guera más larga del mundo.
Cuando visité Sudán del Sur, a finales de 2010, faltaban pocos meses para el referendum de independencia. El ambiente estaba cargado de ilusión, de optimismo. Parecía que la separación del Norte pondría por fin punto y final al conflicto que desde 1983 ––aunque se había iniciado en 1955– venía enfrentando a los árabes-islámicos de Khartoum con los negros-animistas-cristianos del Sur, provocando millones de muertes.
También había preocupación, porque no estaba nada claro que el Norte fuera a renunciar al enorme predio que le había surtido durante siglos de alimentos, esclavos y, últimamente, petróleo. Esto sobre todo, en la región de Abiey, la zona más disputada y "caliente" de Sudán del Sur. De hecho, el frágil acuerdo de paz que en aquellos momentos se mantenía lo habían arrancado a sangre y fuego los militares dinkas, una raza de orgullosos y altísimos pastores y guerreros que habían decidido plantar cara a la opresión árabe.
Pero el enemigo no estaba sólo en el norte. Después de tanto tiempo, la guerra se había convertido en un sistema de vida y las rencillas inmemoriales –por ganado, fundamentalmente– entre clanes y tribus se disputaban ahora no sólo con los tradicionales (pero mortíferos) bastones, sino con Kalashnikofs. No iba a ser fácil restañar esas heridas, pese a los esfuerzos del gobierno provisional de entonces para quitar de la circulación las incontables armas de fuego que circulaban por doquier.
El padre Parladé, a quien yo iba a visitar, me había asegurado que la situación era más o menos tranquila, pero el viaje entre la capital Juba y Yirol, desde donde el combonianio dirigía su espectacular proyecto que había escolarizado a decenas de miles de niños, lo recuerdo como de los peores y más inquietantes de mi vida. No sólo por ir apretujado, con las maletas sobre las piernas, en un landrover durante más de ocho horas en un camino de tierra lleno de baches, sino porque cada vez que nos paraba un retén militar y empezaban las negociaciones para poder continuar nuestro camino no tenía nada claro si iba a llegar a mi destino. Inquietud que se acrecentó cuando, en medio de la nada, salidos de la selva, un grupo de soldados armados se plantaron en medio del camino y nos hicieron frenar. Al final, los pobres hombres sólo querían agua, pero la indefensión que sentimos los viajeros que no sabíamos si pertenecían al gobierno, los rebeldes, el Norte o un señor de la guera cualquiera fue tremenda durante unos minutos.
Desafortunadamente, según me cuentan, la situación, en vez de mejorar, ha empeorado desde la independencia. Mientras que hombres de negocios de todo el mundo (mención especial a los chinos) vuelan a la pujante y carísima Juba para ganar dinero, la guerra continúa entre los distintos clanes, entre el ejército y las facciones descontentas o puede que mercenarios del norte. Recuerdo que Ángel Olarán, un vasco de una pieza que había montado un proyecto magnífico para los huérfanos de la guerra y el Sida en Wukro (que había conocido otro conflicto bélico) me decía que en cuanto había un poco de paz. África salía para delante. Con guerra, volvía el hambre y el atraso.
Para el padre Parladé y su organización (www.amsudan.org), la educación es la clave para conseguir, algún día, esta paz que él apenas ha conocido desde que llegó al Sudán hace ya más de cuarenta años. Lo ve posible porque los dinkas y las otras tribus a los que él quiere tanto, aunque orgullosos e impulsivos, "son buenos, son buena gente, así que no pueden querer la guerra", me decía. Quizás el problema es que no han conocido otra cosa, pero merecen saber que sí hay otra manera de vivir.