El karoké es, me cuentan, una invención japonesa que los chinos, en su profunda relación de admiración-odio con el país vecino, han adoptado con un fervor muy nacional, por otra parte. Y que han adaptado a su gusto creando un fenómeno, los KTV (abreviación para Karaoké Televisión, keitivis en inglés), que se han convertido en un fenómeno social tanto en Taiwán como en la China continental.
El Keitiví es una institución en la vida china. Como explica Ángel Villarino en el libro que no dejaré de recomendar '¿Adónde van los chinos cuando mueren?' (Ed. Debate), no es sólo una forma de entrentemiento hiperpopular, sino también una de las vías más comunes para estrechar lazos y vínculos personales y comerciales, de establecer bases de confianza mutua para futuras relaciones o negocios. Ser invitado a un karaoké para cantar y a menudo beber hasta casi el coma etílico es una de las 'pruebas' por las que un hombre de negocios suele tener que pasar cuando viene a ganar (o perder) dinero a este país.
A veces, no se queda sólo en eso. Algunos KTVS tienen servicios añadidos en forma de atractivas señoritas que a su labor de azafatas y compañera de diversión pueden añadir la de la profesión más antigua del mundo. No es infrecuente que cuando a alguien lo invitan a un karaoke le ofrezcan estos extras como regalo, que en algunos casos podrían considerarse como sobornos, aunque aquí prefieren verlos como un quid-pro-quo, una forma eficaz de reforzar los vínculos.
En las obras de Qiu Xiaolong, un escritor de novelas de crímenes y misterios situados en el Shanghai de los noventa y en las la trama (y el estilo literario) suele ser lo de menos, pero que ofrecen a cambio un interesantísimo retrato sociocultural del país en una época de grandes cambios, el inspector Chen, una especie del Pepe Carvalho de Vázquez Montalbán a lo chino -o sea, totalmente distinto- , poeta, gourmet y policía de rebote, acepta con naturalidad (aun conociendo las implicaciones) las invitaciones de un gangster a su KTV. Esto es China.
Mi primera y hasta ahora única visita a un KTV ha sido mucho más tranquila y moderada, pero también llena de signifcación para mí. Dado que mis días en Suzhou van llegando a su fin más que probablemente, me organizaron una visita a una de estas instituciones nacionales. "No te puedes ir de China sin ir a un KTV", me dijo Rosa, una buena amiga china.
Y allí que fuimos. A uno baratito (más por ser día laborable) en la famosa zona peatonal y de ocio de Suzhou. La recepción era algo difícil de escribir con palabras: pantallas gigantes, columnas y paredes revestidas de tonos metálicos... como una discoteca en Blade Runner o algo así. Nuestra habitación, que costó cuatro euros por una hora, tampoco era mucho más bonita, pero al menos estaba a oscuras. Un sofá circular, varios micrófonos y la caja de karaoké con el video, también llamada KTV, un elemento bastante infernal para su utilización, al menos que se entienda el chino mandarín, que se esté versado en estas cuestiones o que uno sea bastante más listo que yo.
Lo primero que me llamó la atenión es la poca privacidad del asunto. Mientras nos dirigíamos a nuestro cubículo se podían escuchar perfectamente los berridos (estoy siendo descriptivo, pero sin generalizar: hay chinos que cantan espectacularmente bien) de otras habitaciones y muchos tenían las puertas abiertas. Incluso con la nuestra cerrada, podíamos oírles, así que me temo que también me oyeron a mí descubrir que no es lo mismo cantar bajito como coro del mp3 que hacerlo en voz alta con un micrófono y siguiendo un determinado tono. También llamaba la atención que los videos tenían poco que ver con la música. Cantaras 'Morning Has Broken' de Cat Stevenson o 'Lailah' de Eric Clapton, las imágenes más probables eran la de una lozana alemanota paseando sus encantos por un castillo de Baviera o un crucero por el Rhin.
Bueno, no me dieron ningún premio musical pero sí me sentí halagado (y agradecido) por la intención de quien me invitó de hacerme partícipe de su cultura y de su amistad, al igual de haber sido acogido con amabilidad y sonrisas por la mayor parte de los chinos con los que he tratado. Y también un poco triste porque la aventura se acerca a su fin más que posiblemente, aunque siempre puede haber segundas ó terceras partes. En este caso, esperemos que mejores aún que la primera.