Si hubiera un concurso internacional sobre los niños más simpáticos del mundo, los de Gambia tendrían muchas posibilidades de estar entre los primeros. Al menos esa conclusión he sacado de mi estancia en Kerr Serign, un barrio local, no muy lejano de la zona turística, donde los 'toubabs' o blancos no somos bichos raros que asusten pero sí lo suficientemente novedosos para entretener a los pequeñajos. Son unos niños con timidez nivel absolutamente cero, un desparpajo descomunal acostumbrados como están a desenvolverse por sus propios medios en la calle apenas aprenden a andar, tienen sonrisas luminosas y les encanta jugar. Y en un sitio donde no hay juguetes, los 'toubabs' pueden servir bastante bien para esa función. Claro que su papel principal no es jugar, sino de proveer. 'Toubab, minty' o 'toubab, give me one hundred dallasis' es lo que un occidental va a oir del 99.9 por ciento de los niños que se acercan a ellos con harta frecuencia.
A menudo son los padres los que les impulsan a pedir, sobre todo cuando se trata de dinero. En otras ocasiones son los propios turistas los que lo fomentan, porque es difícil resistirse a niños tan encantadores y, aparentemente, tan pobres (aunque en Kerr Serign te llevabas sorpresas). Puede también que sea una imitación adaptada a sus necesidades (caramelos, un balón....) de lo que ven a hacer a los mayores, los infames 'bumsters' gambianos, buscavidas que lo mismo ejercen de gigolos que de falsos guías y que continuamente asaltan (en general, pacíficamente) a los visitantes con sus fórmulas preestablecidas para solicitar dinero. "¿Anything for the boys?", "Give me anything from your heart". Claro que de niños ya tienen poco y creo que les interesa mucho más lo que hay en las carteras de los 'toubabs' que sus cardiopatías o marcapasos, por un poner.
Lo de dar o no dar en el Tercer Mundo es una decisión muy personal, a menudo conflictiva internamente para el privilegiado que, por muy modestamente que viaje, vive como un marajá en comparación con la población local. Cuando se trata de niños tan graciosos, uno está tentado de hacerlo. El problema es cuando esa costumbre de pedir se convierte en un aprendizaje de una forma de vivir, y cuando crecen, y ya no son tan graciosos -aunque más de una veterana y no tan veterana turista no estará de acuerdo con esa apreciación- se acostumbran a esa vía más fácil, rápida y menos trabajosa de conseguir ingresos. Una profesión como otra cualquiera, pero que roza el acoso e incluso el crimen (si bien en el caso de Gambia la protección a los visitantes foráneos es una prioridad y los bumsters, aunque pesados, son mucho menos agresivos que, por ejemplo, en la vecina Senegal).
Hay un dicho que reza que ante el vicio de pedir está la virtud de no dar. En Africa, en general, es al contrario. Ante la virtud de dar nace el vicio de pedir. La generosidad, sobre todo con la familia, pero también con el vecino o incluso el extraño, es una característica cultural de muchos africanos. Me acuerdo de llegar a un poblado, invitarnos a comer de una enorme olla con arroz que tenía una familia, y cuando les pregunté que por qué habían hecho tanto arroz, me contestaron, "por si viene alguien". Y efectivamente, de las sombras empezaron aparecían a cada ratito parientes y vecinos que saludaban y se sentaban a comer como si estuvieran en su casa.
Esa bella costumbre de compartir, tan obsoleta en nuestra sociedad de la abundancia (ya menos, según parece, pero todavía ubérrima comparada con otras) tiene también su contrapartida, su lado oscuro. Se argumenta, por ejemplo, que la corrupción en África se debe en buena parte a que el político no roba sólo para si, que también, sino para su (por lo general extensísima) familia, e incluso para toda su tribu. Ryszard Kapuscinski escribía sobre este tema que la presión que se genera sobre el africano rico era tal que muchos que tenían éxito en sus negocios se mudaban de ciudad para huir del acoso de sus propios familiares. Un caso parecido me contaban hace poco, el de un trabajador de una embajada que ganaba un buen sueldo al que su madre quería forzar a que pagara él solo el funeral de su tío, a pesar de que el hombre protestaba de que necesitaba el dinero para pagar el hospital para su hijo enfermo. A fin de cuentas, dar no es sólo una expresión de generosidad, sino también de prestigio, de poder, ante los demás.
El sistema tampoco parece sostenible, por mucho que sea bienintencionado. Si la gente se acostumbra a pedir del que tiene y dar por supuesto que va a recibir, es probable que no se preocupe mucho por conseguir lo que necesita por otros medios (llámese trabajo), que además suelen ser poco productivos, por la miseria de los salarios. Y aunque esto que digo a muchos no les va a gustar (a mi mismo no me gusta), no sé si esta tendencia refleja o también causa otra que suele ser prevalente en muchas partes de Africa, a mi entender: la de esperar que otros resuelvan sus problemas, la de no asumir su propia responsabilidad.
"Es culpa nuestra. Ya basta de hablar de colonialismo, de la responsabilidad de los blancos. Eso fue hace ya mucho tiempo", me decía un gambiano afincado en Alemania, de la situación de su país y de África en general. Es una reflexión muy poco común entre los africanos, que tradicional y culturalmente suelen buscar un culpable exterior para las desgracias que les ocurren, desde enfermedades a la muerte.
Al viajero/turista también le hace replantearse muchas cosas. Fundamentalmente, su situación dual, de alguien que se aprovecha de la belleza de un continente que tiene muchísimo que disfrutar para el visitante, incluida la simpatía de sus gentes, pero a la vez es consciente de que es muy difícil establecer una situación de igualdad en una relación con alguien que es muchísimo más pobre y que, normalmente, va a buscar un beneficio económico de esa relación. Es difícil no volverse paranoico, sospechar (desgraciadamente, a menudo con acierto) de las intenciones del que se acerca, o incluso del que se considera amigo desde hace tiempo. Es difícil no sentirse incómodo y a la vez culpable, al menos para mí.
Y aun así, cuando se acerca un grupo de niños, algunos tan pequeños que parece increíble que estén solos en la calle,y se mueren de risa jugando con el toubab y éste se lo pasa en grande volviéndose niño muchos años después de dejar de serlo, se entiende porque uno quiere volver una y otra vez. Al menos, durante un rato.
P.D. Mucho hablar y a estos niños les compré caramelos, 'minty'. En honor a la verdad, no me los pidieron. Quizás por eso, y porque era mi último día, no me pude resistir.