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La Mafia de los gigantes pacíficos

Publicado en 22 Noviembre 2013 por Manolito

Aunque hay quien dice que los tentáculos de la Cosa Nostra ya han llegado a este remoto y aún relativamente desconocido punto del planeta, su nombre, Mafia, no es ningún homenaje a Lucky Luciano y compañía, sino que tiene su origen, al parecer (o al menos eso dice Wikipedia), en la palabra árabe morfiyeh (archipiélago) o la swahili pa afya (lugar saludable para residir). Y es que aunque parezca mentira, esta pequeña y soñolienta isla tropical de Tanzania tiene una larga historia que se remonta a muchos siglos atrás y fue parte de un imperio que ocupó buena parte de la costa Este de África y, por si misma, un importante enclave comercial.

Un milenio después queda muy poco de dicha pujanza: algún que otro resto arqueológico, un par de poblado y una economía que se sostiene con la pesca, la agricultura y, sobre todo, un incipiente turismo, basado fundamentalmente en algunos hoteles de lujo italianos. Porque, a pesar de lo pequeña que es, a Mafia se puede llegar ya en avión, aunque también es accesible para los viajeros independientes y de escaso presupuesto. Lo que no quiere decir que sea fácil llegar.

El viaje en barco a Mafia es ya, de por sí, una verdadera aventura. De Dar el Salaam hay que llegar muy temprano a la estación de Baghala, a las afueras de la ciudad. De allí, tomar un matatu, y luego otro y los que hagan falta, hasta llegar al minúsculo poblado de Nyamisati, de donde salían los barcos para Mafia a eso de las dos de la tarde. Más vale no llegar tarde, porque no quiero imaginarme lo que debe ser dormir en aquel lugar lleno de barro y mosquitos.

Llamar barco a aquel lanchón grande de madera con el motor en el interior es quizás ir demasiado lejos. Y cuando salimos a mar abierto y las olas dijeron aquí estamos nosotras, todavía menos. Sin bancos ni asientos propiamente, era prácticamente imposible mantenerse de pie o incluso sentado, así que el cerca del centenar de personas que allí viajábamos nos tendimos en la fondo de la lancha y nos cubrimos con una enorme lona para cubrirnos de las salpicaduras. A falta de las socorridas bolsitas de los aviones, un cubo iba rulando para el que lo necesitaba, que con lo que iba moviéndose el barco eran muchos, en especial los niños. Había leído noticias sobre anteriores naufragios y que no era una travesía particularmente segura y, francamente, viendo el panorama me lo creía a pies juntillas. Llegamos a Mafia de noche y ni siquiera el desembargo fue tranquilo. No pudimos atracar en el muelle y vinieron unas barcas a llevarnos a tierra; bueno, casi, porque mojarnos nos mojamos todos.

En Mafia playas, haberlas, haylas, aunque no tan buenas como las de Zanzibar o incluso las de alrededor de Dar El Salaam. No hay apenas vestigios históricos, ni monumentos, ni una vida nocturna que pueda atraer a muchos turistas, salvo los seducidos por el reto de llegar a un lugar tan remoto y los amantes del buceo, ya que hay un magnífico parque marino, con corales y muchísima vida fácil de avistar. Pero sobre todo, en de noviembre a febrero, principalmente, la isla recibe una ola de visitantes que para muchos constituye su mayor atractivo: gigantes aterradores, capaces de llegar a los 18 metros de longitud (aunque yo no vi ninguno mayor de 8 ó 9 metros), pero sin embargo dulces y pacíficos como... los tiburones-ballena, no se me ocurre otro animal salvaje tan amigable.

En temporada, hay muchas posibilidades de avistar a los tiburones-ballena e incluso nadar con ellos. Las excursiones salían temprano del pueblo principal y se navegaba, mirando fijamente al horizonte, hasta que los encontraban. Yo tuve una suerte dispar: el primer día, muy buena, vimos muchos y estuve nadando con ellos cerca de dos horas. El segundo, peor que regular, sólo vimos dos y de lejos. Y el último, no vimos ninguno. Muchos, de todas formas, no se atrevieron a tirarse al agua. No tenían muy claro si se trataban de ballenas o de tiburones, y si era esto último, entonces debían comer carne humana. Y además había medusas y pica-pica. Bueno, ellos se lo perdieron. Una experiencia increíble.

Al otro lado de la isla estaba el parque marino, con los hoteles de lujo y alguna que otra pensión (yo me quedé en Blu House, simple pero con una excelente acogida; recomendada) en el poblado. Entrar y pernoctar en aquella zona, al estar dentro del parque marino, costaba un dinerete y, claro, los negocios se resentían y se quejaban que lo peor de aquel impuesto es que no se sabía dónde iba a parar. A la conservación del parque marino, desde luego que no. Bueno, algo de Mafia tenía que haber, aunque yo me quedo con la buena gente de Blu House, el espectáculo submarino, los atardeceres imposibles y los gigantes pacíficos.

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