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Monte Alen: la carretera del despojo forestal

Publicado en 14 Noviembre 2013 por Manolito

Monte Alen: la carretera del despojo forestal

Después de mucho tiempo de no escribir en este blog, me animo a hacerlo ante la cercanía del partido amistoso de fútbol entre Guinea Ecuatorial y España, un ejemplo más de que en este mundo el dinero hace olvidar cualquier minucia, como una férrea dictadura, para hacerte amigo de alguien.

Hace ya bastantes años que visité aquel país. Por entonces, ya habían encontrado y extraían petróleo (los americanos, cómo no, después de que españoles y luego franceses no consiguieran hacerlo) y el pequeño país que dirigía desde hacía décadas Teodoro Obiang (tras derrocar y luego ejecutar a su tío, Macías) comenzaba a cambiar, aunque sólo muy parcialmente: se construía un nuevo aeropuerto en Malabo, se reformaba el Puerto de Luba, se construían barrios para el número creciente de trabajadores extranjeros que llegaban para explotar las numerosas riquezas naturales del país (encabezadas por el petróleo, claro), pero para el grueso de la población, todo seguía igual: no había luz eléctrica ni agua corriente durante la mayor parte del día, no había carreteras ni apenas transportes públicos, no había sanidad, la educación era mala, no había libertad...

Hablaría con más detalle de la situación guineana que me encontré, pero ya lo hice en una doble página que escribí para el periódico en el que trabajaba y que se quedó en un ordenador hasta que alguien se le olvidó renovarla y se borró. Así que me centraré en la excursión que hice al parque nacional de Monte Alen, en Río Muni (la parte continental del país): el parque de los gorilas, de los árboles gigantescos... que salían cortados en camiones.

No fue fácil llegar a Monte Alén. Tuve que alguilar un taxi, sobornar a varios grupos de policía que hacían barricadas en las carreteras para que me dejaran pasar, camelarme a otros, atravesar la antigua Sevilla de Niefang (ahora conocida sólo por Niefang) y sus antiguos edificios y fábricas abandonados y tomar una carretera de tierra pero bien cuidada que se adentraba en las montañas cubiertas de espesa selva ecuatorial.

Llamaba la atención que el juguete más típico de los niños de los poblados de la carretera eran camiones de madera. Pronto supimos por qué. Al menos en tres ocasiones antes de llegar a la puerta del parque nos vimos obligados a echarnos al lado, alertados por un Landrover con una sirena: caravanas con enormes camiones repletos de gigantescas secciones de troncos de árbol (no quiero imaginarme como sería el tronco entero) venían en camino y estaba claro que no iban a parar por un cochambroso taxi, aun en el caso de que pudieran frenar a tiempo con tanto peso. Venían, por cierto, de la dirección del parque nacional, así que deduje que muy protegido no estaba.

Más tarde me enteré que la corta de árboles, muchos de maderas preciosas, se hacía en parte a cargo de coreanos del norte y chinos por los intercambios que mantienen con los "países no alineados" Guinea Ecuatorial desde tiempos de Macías (me encontré, por ejemplo, a un microbiólogo cubano encargado del laboratorio de un pequeño hospital, pero como ni tenía microscopio se dedicó mejor a disfrutar de los encantros de Malabo La Nuit).

Mucho más recientemente he leído que el responsable gubernamental de la explotación forestal era el inefable Teodorín Obiang, el hijo preferido del presidente. De ese puesto obtuvo pingues beneficios que se ha gastado en sus notorias correrías como playboy en la costa azul francesa, con sus yates y puertos deportivos, y más tarde en Estados Unidos, donde se metió incluso a productor de música rap y donde ha recibido muchísimas críticas por su estilo de vida e incluso se le iba a enjuiciar (que yo sepa, aún no expulsado como se pedía). Otro pariente, no sé si hijo, fue nombrado también ministro de Deportes por el gran mérito de que había jugado al fútbol y, más importante, ser pariente, a pesar de la manifiesta incapacidad que le atribuían sus compatriotas guineanos.

La excursión no duró más que unas horas, que me dieron para pasear por la selva con un guía que me tenía acongojadito con sus consejos sobre cómo esquivar el ataque de un elefante si aparecía alguno (los de bosque son muy fieros, al parecer), aunque lo más que vi fueron mariposas y pájaros. También visité la taberna del poblado para degustar la bebida local, hecha con corteza de no que sé árbol, con sabor un poco a medicina y que había que tomar con los dientes cerrados para que no se metieran los pedacitos de madera en la boca. No estaba mala del todo aunque tenía un cierto sabor a medicina pero, eso sí, dos horas después tuvimos que hacer una parada de urgencia en el camino de vuelta y visitar de nuevo la selva con propósitos nada turísticos.

Antes de llegar de vuelta a Bata, el taxista, buen tipo, me consultó si podíamos parar a visitar a su hija. Resultaba que había tenido una enfermedad grave y llevaba meses viviendo con una señora que no me quedó claro si era una curandera, una bruja, la sacerdotisa de una secta o qué, ni tampoco por qué no volvía a casa. Bueno, la chica llevaba una túnica extraña pero parecía estar bien, así que hablaron un rato y nos fuimos.

A los dos días volví a España, dejando atrás un país lleno de buena gente que hablaban un español precioso (aunque cada vez menos) y que podrían tener, con los recursos que tenían, una vida mucho más cómoda si no fuera porque unas pocas familias, con la connivencia de las empresas y países extranjeros que hacían negocios con ellos, se lo quedaban todo, hasta la madera de sus bosques. Pero el fútbol ($) lo hace olvidar todo.

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