Entre las cosas sobre las que más me avisaban los amigos (que no conocían China) antes de venir a ese país estaban las porquerías que me iban a poner de comer: desde sesos de mono a saltamontes fritos, pasando por sangre de tortuga, garras de oso, hígado de tigre, carne de perro... el horror, el horror.
No es que yo sea muy escrupuloso para el condumio. Si está bueno, me lo como, aunque prefiera no saber lo que estoy comiendo, o saberlo después. Y aun sabiéndolo antes he tragado cosas a las que muchos ni se acercarían, desde las hormigas culonas santanderinas (Colombia) a las ratas de bosque y caracoles gigantes de Guinea Ecuatorial, carne de cocodrilo y serpiente, cabeza de puercoespín.... Así que estaba preparado para lo peor cuando llegué a Suzhou...
Pero resulta que llevo aquí ya un par de semanas y lo peor no ha aparecido ni de lejos. Lo más raro que he encontrado son una variedad de verduras impresionantes, así como algunas frutas que no conocía. La comida está buenísima, y encima supersana y muy barata. El sueño de un tragón como yo.
Hay, desde luego, costumbres que nos chocan a la hora de sentarnos a la mesa. Por ejemplo, que para comer te sirven agua... caliente. A veces, con un poquito de té. Dicen que es bueno para digerir y yo me lo creo, pero no termina de convencerme, aunque la bebo. Afortunadamente, hay alternativas como la cerveza. Luego están los conocidos palillos, una pesadilla para los que tenemos dos manos izquierdas. Propenso como soy a las manchas imborrables, son un peligro, no sólo para mí, sino los que están a mi alrededor, así que acostumbro a llevar un tenedor y cuchara de plástico conmigo. Comprados, por cierto, en el "chino" de la calle Salado.
China es muy grande, así que la variedad gastronómica es importante. Está la comida sichuanesa, que según dicen es muy picante (yo todavía no la he probado). La gastronomía uigur se puede parecer bastante a la de medio oriente: mucho cordero, también con pique. La cantonesa está muy buena también. Según me cuentan mis amigos chinos, es la que más se puede acercar a los mitos coprófagos que corren sobre la cocina china ("allí comen de todo", me dicen), pero yo lo más raro que he visto en el menú son pies de pollo. Y me dicen que están riquísimos, lo que espero que sea cierto porque eso es lo que yo le daba a mis perros en el campo. Habrá que probarlo.
Lo que ha sido un descubrimiento para mí ha sido la comida callejera. La rúa de al lado de mi hotel es un paraíso para los tragones con poco dinero y no demasiados miramientos. Por un euro se pone uno púo de riquísimos jiaozis (una especie de raviolis, en este caso creo que hechos al vapor, rellenos de carne). Por medio, hay unas crepes de verdura que quitan el sentido. Si nos vamos de marcha por la noche y las copas piden luego sustancia, hay puestos ambulantes, con sillitas y mesas incorporados, que preparan una espectacular sopa-popurrí (fideos, huevos de no sé qué ave, sangre, ternera seca, setas, tofu...) y arroz frito para irse calentitos a la cama o seguir de copas. Bueno, reconozco que esta última receta ya se tiene más que ver con lo que me prevenían, pero más buena estaba. Que aproveche, que estoy aprovechando.