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Pandora y los masajistas nauseabundos (de marcha II)

Publicado en 4 Abril 2013 por Manolito

A la vejez viruelas, dicen, y por segunda vez desde que estoy en China fui a una discoteca con un grupo de amigos. En esta ocasión se trataba de Pandora, nombre de reminiscencias mitológicas griegas pero en realidad un establecimiento muy, muy chino, tanto en su concepción como en su clientela.

Si Pravda se podía parecer bastante a una disco tradicional de Occidente, con una pista de baile casi clásica, en Pandora se rompían un poco los esquemas. Para empezar, no había pista, sino sólo taburetes con sillas o mesas donde la gente se sentaba, consumía (vaya si consumían) y bailaban allí como podían la música electrónica que fundamentalmente suelen poner durante toda la noche. Vamos, cada uno en su sitio. A los que nos gusta ir por libre nos quedaba un pasillo que rodeaba el recinto y otra pasarela central más amplia donde en realidad no se podía estar porque es donde se celebraban los espectáculos de bailes de gogos y demás. Bueno, y la zona de cuartos de baños, que resultó más concurrida de lo esperado.

A doce euros la barra libre, tengo mis dudas de si, por una vez, conmigo los chinos hicieron un mal negocio. Supongo que no, dado que lo que servirián no serían precisamente Hendricks ó whisky de malta. Pero bueno, te ponían una pulserita como en un resort de la Dominicana y ea, a pimpar libremente. Lo que me recuerda la frase de un famoso cocinero gallego en Londres, Manuel Landeira Landeira, que mientras rapiñaba las existencias de alcohol en el hotel donde trabajábamos repetía, "Manolinho, esto se lo tiene que beber el que sabe beber". Porque los chinos, insisto, beben regular, como mucho. Y las chinas (las que beben, que son muy pocas en porcentaje, por lo que me cuentan) peor.

Esta vez los de seguridad eran menos ostensibles y agresivos, aunque numerosos. Ataviados con chaquetas bastante llamativas, deambulaban por la discoteca señalando donde se podía estar o no y, sobre todo, donde no se podía dejar el vaso (que era cualquier sitio menos en las mesas) para lo que se ayudaban de linternitas con las que señalaban, poniendo cara contrita, el cuerpo (o la mancha) del delito, ya fuera el cerco del cubata sobre un poyete o lo que se había derramado en el suelo. 

Avanzaba la noche y el desfase era cada vez mayor. Muchas bengalas por todos lados, como las que rodeaban a una sirena-gogo tendida sobre la barra del bar, las que llevaban las botellas de champagne que pedían en las mesas o las que hacían oscilar las camareras que cantaban por su cumpleaños a quien le tocaba. También, claro, las vejigas se iban llenando y las visitas a los servicios se hacían más frecuentes. Entrábamos en el lado oscuro de la caja de Pandora.

Porque a los servicios se llegaba tras un pasillo un tanto siniestro y tras pasar por un salón de entrada cuyos sillones estaban abarrotados de gente durmiendo la mona. Si en Pravda recurrían a métodos más expeditivos y los sacaban a la fuerza, aquí optaban por dejarlos reposar en los sueños de Morfeo (o Dioniso, más bien).

Puestos ya a pasar a la acción, existía un servicio añadido, creo que dirigido más bien a los más perjudicados. Y es que mientras los clientes se ponian a la obra, un forzudo camarero les daba un masaje en los hombros. Por lo que vi, más que terapéuticos, el masaje tenía efectos nauseabundos, ya que más de uno cambió de postura corporal y de programa de emisión. Más de uno y de dos.

Ya en la hora canalla, los estragos se hacían notar. A la gogo-sirena la había sustituido sobre la barra un camarero que se había quedado dormido y al que, con toda amabilidad (y razón, todo sea dicho) me prohibieron hacerle una foto. En la zona de guerra, tres horas después, una chica muy joven seguía tirada sobre los cojines mientras otra mandaba mensajes sin parar con su móvil. Le pregunté como pude si había alguien con la ninfa perjudicada, se encogió de hombros y siguió con lo suyo. Y ahí que la dejé a la pobre. Espero que tuviera un buen regreso a casa como lo tuvimos nosotros después de haber visto lo bueno y lo malo que había en esta caja china de Pandora.

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