El año pasado, un Ferrari circulaba a toda velocidad en la nevada Pekín. El conductor perdió el control, el auto chocó, se partió en dos y tirados en el suelo quedaron varios cuerpos, desnudos o semidesnudos. La noticia, aunque llamativa, quedó sin embargo totalmente oscurecida en los medios de comunicación chinos, y sólo a través de los bloggers y los medios extranjeros fueron filtrándose datos acerca del suceso.
Resultaba que el propietario del Ferrari, que murió instantáneamente, era un joven playboy, hijo de un influyente político, hombre de confianza del entonces presidente de China. Las chicas, heridas de gravedad (una de ellas falleció posteriormente) eran dos tibetanas. A pesar del bloqueo informativo, pronto empezaron las especulaciones sobre si en el momento del accidente los tres estaban involucrados en un juego sexual. También muchos se preguntaron cómo el hijo de un político podía tener un Ferrari. Al final, el escándalo, aunque tapado, le costó el puesto al padre del fallecido, si bien es verdad que en esos momentos había una lucha de poder en el partido comunista y quizás su caída se debiera también a otras causas.
El incidente no es un caso aislado, sino el reflejo de una generación, la de jóvenes hijos de empresarios y políticos chinos, en particular los varones (hijos únicos, especialmente mimados por toda la familia) que exhiben su arrogancia y estatus económico con espectaculares coches deportivos. Y el caótico tráfico de las ciudades chinas parece un buen escenario para demostrar que están por encima de las normas.
Entregados al hiperconsumo y hedonismo extremo, la posición de estos jóvenes privilegiados chinos contrasta en gran manera con la de buena parte de la población, ya que si bien el país ha experimentado un crecimiento espectacular y las clases medias han mejorado enormemente su nivel de vida (al menos, en lo que respecta al poder adquisitivo) aun continúa habiendo grandes bolsas de pobreza, sobre todo en el ámbito rural o entre los cada vez más numerosos emigrantes a los núcleos urbanos.
Los jóvenes "aristócratas" chinos se debaten entre unas enormes exigencias académicas -China es uno de los países del mundo donde existe un mayor índice de suicidios infantiles por causa de los estudios, según explicaba el corresponsal de ABC Ángel Villarino en su magnífico libro, "¿Adónde van los chinos cuando mueren?"- y un estatus económico y social impresionante que les permite hacer todo o casi de todo. Así, las calles más céntricas de Shanghai se convierten durante los fines de semana en paseos de exhibición de Rolls-Royces, Harley Davidsons, Porsches o un "famoso" Ferrari de color rosa (entre otros muchos de esta marca) mientras que pocas calles más allá hay personas sentadas con su máquina de coser en la acera para arreglar prendas de vestir por un módico precio o una mujer circula con su bicicleta y su campana recogiendo los trastos inservibles de los ricos.
Sucesos como el del playboy de Pekín, o el del hijo de quince años de un famoso cantante que apaleó junto a un amigo a una pareja frente a su niño pequeño por un incidente de tráfico plantean serias preocupaciones de cómo se está educando a las nuevas generaciones que, en principio, serán las llamadas a dirigir el país en el futuro. O en otras palabras, hacia dónde se dirige China.