China ha estado cerrada durante bastante tiempo a casi toda influencia exterior. Lo que explica quizás el ansia con el que al menos parte de su población está adoptando nuevas costumbres completamente distintas a las tradicionales, muchas procedentes de Occidente. Entre ellas está el café. O quizás habría que decir los cafés.
El hábito de tomar café es, según dicen, relativamente moderno en un país donde el té en sus variadísimas manifestaciones -rojo, negro, verde, etc, etc- es sin duda el rey, pero cada vez está más extendido, aunque yo diría que está unico a la experiencia de ir a un café, que es mucho más que tomar una simple taza.
En China van proliferando establecimientos de cadenas internacionales tipo Starbucks, pero aún más numerosos son los híbridos en los que se mezcla lo de fuera y lo de dentro, con desigual resultado aunque en general de forma más que agradable. En Suzhou, con sus canales, callejones y puntes, ir a un café es una experiencia "fei qu bu ke", Los hay que son como casas en miniatura, con habitaciones minúsculas llenas de libros, a veces, falsos, aunque los del Bamboo Café, uno de mis favoritos, son de verdad, al igual que los del Bookworms. Otros, como el Fisher, en la imagen, se aprovechan de una terraza con vista al canal. Los hay más originales, como uno que es a su vez templo budista tibetano, jardín y café y lo mismo se puede tomar uno un capuchino que recitar mantras.
Tomar café es lo de menos, quizás, al ir a uno de estos cafés, que en general son todavía minoritarios. Sus clientes suelen ser extranjeros, hombres de negocios, parejas, grupos de amigos (o amigas), jóvenes estudiantes... En casi todos hay wifi, en muchos música de ambiente y en algunos actuaciones en vivo. Y cuando se va a un café, no suele ser cuestión de un ratito, sino que son habituales las actividades asociadas: desde jugar a las cartas u otros tipos de entretenimientos, dar clases de idiomas, leer o incluso tener una juerga, ya que en las cartas de estos establecimientos suelen estar tan presentes los cócteles alcohólicos como las infusiones o pasteles y tartas (otra costumbre recientemente introducida, ya que los chinos no son demasiado amantes de lo dulce, en general). En definitiva, que en China no se toma el café de la oficina, sino que hay que echarle tiempo. Y más vale, con lo que cuesta un café: de dos euros y medio a cuatro o cinco, salvo los de los hoteles que pueden ser aún más caros. Con eso se come casi una semana en la calle, pero, ya está dicho, es algo "fei qu bu ke".